Las horas de la noche nunca han sido amigas ni fueron nunca buenas consejeras de los problemas, más bien lo contrario, ayudaron siempre a exacerbar las desgracias que rondan por tu cabeza, haciendo que todo tipo de miedos se maximice y sumergiendo tu estado de ánimo en un pozo desconsolador.

Son horas que parecen demonizadas por algún ser espectral, durante las cuales, toda aquella decisión que tomes entre vuelta y vuelta que das sobre tu colchón ni es válida ni te da solución. Y te hacen desbarrar con inercia, hacia un bucle que te obliga a pensar y a repasar, una y otra vez, la misma preocupación.

A primera hora del alba, cuando se empiezan a escuchar ruidos foráneos de gente de tu edificio que se va a trabajar o a estudiar, es entonces cuando parece que estos demonios empiezan a desaparecer, dejándote de nuevo tomar las bridas de tu coherencia y control.
JON GARCIA, carta al diario METRO MADRID, 19/06/07

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