El óxido se poso en mi lengua como el sabor de una desapari-
ción.

El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el
olvido,

y no acepté otro valor que la imposibilidad.

Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el
mar,

escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al
ingresar en lo que queda de mí;

escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en
mi espíritu,

y no pude resistir la perfección del silencio.

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El incrédulo habita en un mundo de plegarias. Hay resplandor
delante de sus ojos, los que estuvieron heridos por la indig-
nación.

Es más sencillo proceder de un país suntuoso, de una memoria
recamada de espejos —cada espejo con su vértigo, cada es-
pejo con su profundidad llena de frutos— pero, de todas
formas, desconfía de aquellas manos cuya blancura puede
ser besada.

Es más sencillo despertar de un tiempo cuya hermosura no
existió aunque se extendiera como un crepúsculo.

Acércate a quien se calienta con los excrementos de la justicia.
Hay más honor en no tener razón.

Ahora mi paz está en avergonzarme de la esperanza.

ANTONIO GAMONEDA