” El doctor Ebner, médico y teólogo de Wittenberg, no se llevaba bien con su colega Eckholt, de Ingolstadt. Defendió, en una cuestión de hecho, a una semibruja llamada Annie Kerklaus. La joven acusada había aguantado la tortura, y, en consecuencia, deberían haberla absuelto. Después de soportar el tormento sin confesar, había descansado unas tres horas y tomado una comida antes de romper a llorar. El acusador, el doctor Eckholt, lo interpretó como una especie de recaída. El llanto y los gritos son prolongación directa del proceso de tortura. Ergo, no ha soportado la tortura. El doctor Ebner preguntó en qué medida el llanto era una confesión. Carece de contenido verbal, no tiene nada que pueda ponerse por escrito.

Al contrario, dijo el doctor Eckholt; el llanto señala el derrumbe de la persona, y en el acta puede calificarse de “gritos acompañados de lágrimas”, lo cual debe interpretarse bien como una confesión, bien como negación, en cuyo caso la tortura tiene que continuar. Ebner respondió que, en calidad de médico, se veía obligado a contradecirlo. Ocurre también que las heridas infligidas, por ejemplo, en un combate, dan lugar a una conmoción retardada, que se produce siempre espontáneamente, y que, desde el punto de vista de la conciencia, no tiene carácter de expresión.

¿Y por qué el diablo ha de gobernar sólo la conciencia? Eran pocas las oportunidades, en un proceso inquisitorial, de que el tribunal penetrase en un hueco de la contienda entre Dios y el Diablo, y averiguase así la verdad, incluso sin una confesión en toda regla. Cierto, el Diablo exige a la joven bruja una entrega humana. La entrega, pues, a la tortura, precisamente para poner a prueba su lealtad. Sin embargo, en última instancia, el Diablo debe, como comentó el juez con los doctores Eckholt y Ebner, mostar su supremacía protegiendo a la bruja. Quien no es capaz de proteger a sus súbditos no puede ser señor. De ello se desprende que, entre el intento del Diablo de probar la inclinación al mal de la bruja y la tentación de mostrar su omnipotencia, existe un minúsculo hueco. Y en él debe penetrar el tribunal si no obtiene una confesión.

¿Habría el diablo protegido a la rea durante el tormento pero, tras una pausa, sometido a su novicia a una prueba de fiabilidad, hasta tal punto que la joven se desmoronó y lloró? El juez presidente, amante, en privado, de las Metamorfosis de Ovidio, llegó a la conclusión de que lo ocurrido, en concreto el llanto y el derrumbe histérico después de tres horas de torturas intensivas, era una señal no concluyente. Se la podía interpretar de una manera u otra, lo cual no obstaba para absolver a la delincuente por falta de pruebas.

Fue éste el primer caso en que, ante un tribunal de la Inquisición, se concedió al acusado el beneficio de la duda. A instancias del doctor Eckholt, que se sintió ofendido, a la mañana siguiente el doctro Ebner fue arrestado, encarcelado y acusado en Ingolstadt. Permaneció quince años en la cárcel. Nunca se dictó sentencia en su caso; terminó ejerciendo de médico de la prisión”.

ALEXANDER KLUGE, “El hueco que deja el diablo”

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