“Apenas se había refugiado de la tormenta cuando experimentó una repentina sensación de humedad y frío. Le acometieron unos violentos estornudos. Se quitó el impermeable y se palpó los bolsillos de los pantalones, en busca de los fósforos que la vida marinera le había enseñado a llevar siempre encima.

Extrajo de un fardo roto seca hojarasca de pino, la amontonó en el suelo de cemento y, con mucha dificultad, consiguió encender uno de los fósforos húmedos. El muchacho se quitó los pantalones empapados y los colgó cerca del fuego para que se secaran. Entonces se sentó ante la fogata y se rodeó las rodillas con los brazos. Ya no tenía nada que hacer salvo esperar.

Se abandonó a las sensaciones de su cuerpo, que poco a poco iba entrando en calor, y a la voz de la tormenta que rugía en el exterior; se dejó invadir por la euforia causada por su confianza y lealtad. Su incapacidad para imaginar la diversidad de factores que podrían impedir que la muchacha se presentara no le preocupaba en absoluto.

Y en ese estado de ánimo apoyó la cabeza en las rodillas y se quedó dormido.

Cuando Shinji abrió los ojos, las llamas de la fogata ardían con el mismo vigor de antes, como si sólo se hubiera amodorrado unos instantes. Pero una sombra extraña y confusa estaba en pie al otro lado del fuego, frente al él. El joven se preguntó si estaba soñando.

Quien estaba allí era una muchacha desnuda, con la cabeza inclinada, y sosteniendo una camisa blanca para que se secara. A Shinji se le ocurrió que, con un poco de astucia, si fingía seguir dormido,podría contemplar a la chica con los ojos entornados.
Pero entonces el muchacho parpadeó. Rápida como el pensamiento, la joven se cubrió los senos con la blanca camisa, que no estaba completamente seca.

-¡Cierra los ojos! -gritó

La muchacha no sabía qué hacer, y ni siquiera había empezado a ponerse la camisa. Shinji no volvió a fingir que cerraba los ojos. Desde niño se había acostumbrado a ver desnudas a las mujeres del pueblo pesquero, pero era la primera vez que veía desnuda a la mujer que amaba. Y, sin embargo, no comprendía que, por el mero hecho de que estuviese desnuda, se había alzado una barrera entre ellos que dificultaba las muestras de cortesía ordinarias, las confianzas naturales. El muchacho se puso en pie. Entonces ambos se quedaron quietos, mirándose, separados por las llamas.

El muchacho se movió un poco a la derecha. Ella hizo lo mismo. Y allí estaba la fogata, alzándose para siempre entre ellos.

– ¿Por qué huyes?
– ¿Por qué va a ser? Porque tengo vergüenza.

Shinji no replicó. Quería mirarla, aunque sólo fuese un poco más. Sintió que debía decirle algo.

– ¿Qué te haría perder la vergüenza?

Entonces la joven dio una respuesta ingenua de veras, aunque sorprendente

– Si tú también te desvistes, se me pasará la vergüenza.

Shinji se sumió en la perplejidad, pero, tras un instante de vacilación, empezó a quitarse el jersey de cuello alto, sin decir una sola palabra. Entonces sus ágiles manos arrojaron el jersey a un lado, y apareció la figura desnuda de un joven, mucho más apuesto que cuando estaba vestido, tan sólo cubierto por un sucinto taparrabos.

– Ahora ya no sientes vergüenza, ¿verdad?
– Aún no te lo has quitado todo.

Shinji recuperó entonces el sentido del pudor, y a la luz de la fogata su cuerpo adquirió una tonalidad carmesí. Empezó a hablar, pero una sensación de sofoco le hizo interrumpirse. Entonces, mirando con fijeza la camisa de la muchacha, en la que oscilaban las sombras arrojadas por las llamas, por fin logró decirle:

– Si… si apartas eso… lo haré.

La camisa blanca que sujetaba la muchacha había cubierto a medias su cuerpo, desde los senos hasta los muslos. Entonces la arrojó hacia atrás.

Shinji la contempló, y acto seguido, allí de pie, como la escultura de algún héroe, sin desviar un solo momento los ojos de Hatsue, se desató el taparrabos”.

YUKIO MISHIMA “EL RUMOR DEL OLEAJE “

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