Las flores no hablan de las hojas que han caído desde la misma rama en la que ahora se mecen. La vida que nace ahora, esa que genéticamente se viste con las leyes de la mecánica salvaje de la naturaleza, no habla de la muerte que arrastra. Es un proceso macabro que la vida viste de colores llamativos y que dibuja bajo el cielo azul en el que el sol brilla cada vez con más fuerza. La basura alimenta y muta su miseria en apabullante belleza. El esplendor nace en esos cuerpos ausentes de brillo en los que el invierno encuentra su acomodo ralentizando el paso del tiempo, su auge proviene de todo lo caído. La perfección que muestra una rosa, su orgullosa presencia, proviene de todo lo que ha dejado atrás. La primavera tiene un trasfondo de muerte. Y la muerte es el instrumento más indispensable para la vida.

La madurez se manifiesta como lo hacen estos días en los que la vida se desprende de la muerte para mostrar su esplendor. Aprender a leer las hojas que van cayendo. Someter nuestros ojos al disciplinado arte de la observación. Aunque nos sintamos los reyes de la creación, aunque creamos dominarlo todo y nos sintamos capaces de todo, no podemos olvidar la basura que nos alimenta. Tenemos una base para obrar. Hagamos vida. Vayamos un poco más adelante. Desprendámonos del adorno casi literario y asumamos riesgos. Fracasemos. Equivoquémonos constantemente. Busquemos la vida en la hojarasca que la sepulta. No nos enrolemos en la tarea más estúpida, ser cómodamente felices.

Es un largo camino el que lleva desde el invierno a la primavera. No hagamos que este largo proceso sea un proceso inútil.

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