La razón es muro clavado en tierra; el sentimiento es vela ondeando al viento. La razón nos aterriza porque nos sujeta las neuronas; el sentimiento nos eleva porque nos libera el alma. Razón y sentimiento son nuestras llaves, nuestras piernas, nuestras columnas. A veces, nuestras anclas; a veces nuestras alas.
Los dos los necesitamos porque con ellos caminamos, retrocedemos, cojeamos,
caemos, saltamos, danzamos, tropezamos. Subsistimos. Y un día llega el momento de la gran decisión, aquella que va a significar continuidad, desvío o quiebro en nuestra vida. La razón se justifica con las palabras, porque tiene y es argumento; es el peso de la evidencia. El sentimiento se expresa con los gestos, porque tiene y es impulso: es el latido de la emoción. ¿En qué nos vamos a apoyar? ¿En la razón o en el sentimiento? Lo que empezó por la emoción sólo puede acabar por la desemoción. Tratar de cerrar con razonamientos lo que se abrió por el sentimiento es echar levadura a los estragos del tiempo sin entendimiento. La llave que abrió aquella puerta es la misma que podría cerrarla. Por eso, cuando la vida cruje, es importante volver el alma hacia el sentimiento. Deshablar lo mal hablado, desdecir lo mal dicho, despensar lo mal pensado. Y volver a mirarse con la vibración más profunda y comprometida con uno mismo: la de los propios sentires. En lo más trascendente, hay que dejarse de hablar y envolverse de sentir.
ÁNGELA BECERRA, EN EL DIARIO ADN 03/09/2008

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