De nuevo otoño. De nuevo la naturaleza se repliega. De nuevo el frío. De nuevo la soledad. De nuevo el desaliento empañando la realidad, tejiendo una cortina que la oculta y nos pesa tanto que creemos no poder llegar al segundo siguiente. Sería inquietante si no fuera aburrido, y sería aburrido si no resultase inquietante.

Te prestas pero no te das. Miedo a la soledad, miedo a perderla. Dos caras de una misma cuestión. Ese otoño en el que ahora dices estar, ese momento amargo por el que has pasado una y otra vez, es el preludio de otro tiempo que está por llegar. Hojas secas que cubren la vida que brota entre sus sombras.

En cualquier caso la realidad no puede soportar todos nuestros deseos. Es necesario cribar, arañar la tierra para que de sus entrañas surja la mañana. Pero la seguridad de la mañana es la primera y la más dura de todas las incertidumbres. Buscar un cobijo en la rutina, en la repetición, en el hábito es la mejor manera de perder la vida poco a poco.

Montaigne tenía la costumbre de viajar para conocer, y conocer para entender, no disfrutaba en exceso de los grandes salones, de los fastos culturales, los museos o las grandes operas, prefería una buena conversación, una posada, el calor de las magras carnes de una campesina, su olor. Solía preguntar por las aficiones de la gente y se interesaba más por ellas que por el frío aliento de las catedrales. Para él la mejor manera de llegar a uno mismo era atravesando esa ingente multitud que es la humanidad. Has viajado, has estado lejos, has visto cosas, has llenado tu alma con cosas que aún no has logrado ver y crees estar sola. Pero dentro tuya fluye toda esa humanidad, todos esos paisajes y estoy seguro de que tarde o o temprano rellenarán ese espacio que crees vacío.

Anuncios