-¡Me voy a volver loca, Nelly! -gritaba tirada en el sofá-.
Es como si tuviera mil martillos golpeándome la cabeza por dentro. ¡Dile a Isabella que no se ponga delante de mi vista! Ella tiene la culpa de todo este jaleo, no respondo de mí si ella o cualquier otra persona viene en este momento a aumentar mi furia. Y dile a Edgar, Nelly, si vuelves a verlo esta noche, que estoy a punto de ponerme enferma, gravemente enferma. Y ojalá me ponga enferma de verdad. Me ha sobrecogido y me ha alterado de un modo terrible, y quiero que se asuste. Además, si se le ocurriera venir a soltarme una retahíla de reproches y quejas, yo no me iba a quedar atrás, ¡y sólo Dios sabe cómo podríamos terminar! ¿Lo harás querida Nelly? Tú eres testigo de que no he tenido yo la culpa de nada. ¿Por qué se le ocurriría ponerse a escuchar? Las palabras de Heathcliff fueron muy ofensivas, sí, después de irte tú, pero yo hubiera acabado logrando que se le quitara de la cabeza lo de Isabella, y lo demás, ¿qué importancia tenía? Ahora todo se ha echado a perder por culpa de esa maldita manía que tienen algunas personas de oír decir pestes de sí mismas, es una cosa como del diablo. Si Edgar no se hubiera enterado nunca de mi conversación con Heathcliff, mejor habría sido para él. La verdad es que cuando se puso a hablarme en aquel insensato tono de reproche, después de que yo había estado increpando a Heathcliff hasta quedarme ronca, y todo por él, ya me dio igual lo que fuera a pasar entre ellos, sobre todo porque sentí que, terminara como terminase aquella escena, todos quedaríamos ya separados sabe Dios por cuánto tiempo. En fin, si Heathcliff no puede seguir siendo amigo mío y si Edgar sigue con sus celos y suspicacias, no me queda más remedio que destrozarles el corazón destrozándome el mío. Será la única manera de acabar con todo de una vez, ya que me ponen en el disparadero. Pero es una hazaña que me reservo para cuando haya perdido toda otra esperanza. No creo que a Linton una cosa así le cogiera por sorpresa. En eso ha demostrado mucha sensatez, en su temor a provocar iras; le tienes que decir lo peligroso que sería para él abandonar esa táctica y recordarle lo apasionado y extremoso de mi genio, rayano en el furor cuando se solivianta.

El talante imperturbable con que recibí estas instrucciones supongo que debía resultar bastante exasperante, sobre todo porque ella me las dio en un tono francamente sincero, pero es que me pareció que una persona capa de calibrar de antemano los repliegues de sus accesos de ira, si pusiera en juego su fuerza de voluntad, también podría arreglárselas para controlarse un poco, aunque se hallase bajo la influencia de uno de esos ataques.
CUMBRES BORRASCOSAS, de Emily Brönte
Kate Bush

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