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Spikkers me tomó la mano y rodeó la isla conmigo hacia el lugar donde había tenido lugar la tala del árbol. Yo estaba tan molesto con aquel episodio como lo había estado con el de los Ídolos y le apremié a que me diera una explicación.

Resultó ser una historia horripilante.

En “épocas pasadas” el dios HaceHace había llenado la isla de bosques, arroyos, peces y aves para que ningún hombre pasara necesidad. En semejante abundancia desembarcaron los Ancestros a bordo de sus barcos, construyendo casas y lugares donde celebrar sus ceremonias y viviendo sólo fieles a los dictados del Hombre Blanco: el Ariki Mau.

Se precisaba madera para alimentar las hogueras y la construcción, y tierra para los plátanos, las bananas y las diversas cosechas. Una a una, se talaron las palmeras, tan arracimadas que un hombre tenía que pasar entre ellas de costado, hasta que, poco a poco, las aves marinas dejaron de visitar la isla y la lluvia cesó y el suelo se deshizo y se quemó, y la tierra se convirtió en polvo rojo en el que nada crecía.

Spikkers señaló a los Ídolos y me describió con gestos que habían extraído las magníficas piedras de la cantera en trineos de madera, y que todas las palmeras tuvieron que emplearse como raíles para transportar la piedra hasta la costa, y que la labor de horneo y el tallado requería aún mayores cantidades de madera y que nadie soñó jamás que la madera que había desaparecido jamás volvería a aparecer.

– ¿Debo entonces creer que una isla en la que abundaba todo lo necesario ha quedado reducida a este terreno baldío simplemente a causa de la creación de un Dios de piedra y de su posterior destrucción? – pregunté.

Spikkers asintió.

JEANETTE WINTERSON “Planeta Azul”

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