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Por la costa internándose Odiseo,
náufrago así, desnudo,
oteó unas doncellas.
Y corrieron. Inmóvil y radiante,
una sola se erguía. ¡Qué estupor!
Mal cubierto con hojas habló el náufrago,
voz ferviente, mirada embelesada.
«¿Quién eres, oh bellísima
de tan cándidos brazos? ¿Una diosa
descendida a una tierra de mortales,
o si sólo mujer,
a la par que los dioses?
Felices sean quienes te engendraron.
Mis ojos nunca vieron tal belleza,
digna de Artemis, hija del gran Zeus.
Una vez nada más
me sentí conmovido como ahora.
En Delos fue. Junto al altar de Apolo
vi un arbusto de palma tan feliz
y esbelto que tembló mi corazón.
Perdóname que llegue así, desnudo.»
Sonrió la mujer de brazos cándidos.
«Forastero, quien seas…» Sonreía,
señoril, luminosa. ¡Nausicaä!
JORGE GUILLÉN, “Homenaje”

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