Descubres que tu padre también se ha hecho viejo, muy viejo, y eres absolutamente consciente de su desamparo, del tuyo… No eran eternos, también ellos estaban a merced del tiempo, ese ser perezoso, insomne e impaciente, ese asesino. Su transcurrir, que fortalece castaños, membrillos o cerezos, consume hombres y mujeres que apenas tuvieron tiempo de ser niños. Deberíamos pasar la infancia como alisos mecidos por el viento, vivir la larga adolescencia de los pinos, tener la carne de almendra y la voluntad de caoba. La piel del álamo o el olivo. Ser ciruelo, naranjo o limonero con el alma inmensa de un baobab.

EL HOMBRE DEL BAOBAB, de David Cantero
La imagen es de Gloria Martín